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Breve Selección de Poemas;
Canción de Otoño en Primavera
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste historia de mi corazón. Era una dulce niña, en este mundo
de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura; sonreía como una flor. Era su cabellera obscura hecha
de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño. Ella, naturalmente, fue, para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Y más consoladora y más halagadora y expresiva, la otra fue más sensitiva cual
no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura una pasión violenta unía. En un peplo de gasa pura una
bacante se envolvía...
En sus brazos tomó mi ensueño y lo arrulló como a un bebé... Y te mató, triste
y pequeño, falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro, ¡te fuiste para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca el estuche de su pasión; y que me roería, loca, con
sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera imaginar siempre un Edén, sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas, en tantas tierras siempre son, si no pretextos
de mis rimas fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa que estaba triste de esperar. La vida es dura. Amarga
y pesa. ¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amor no tiene fin; con el cabello gris,
me acerco a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar,
no lloro... y a veces lloro sin querer... ¡Mas es mía el Alba de oro!
A MARGARITA DEBAYLE
Margarita, está linda la mar, y
el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar: tu acento. Margarita, te
voy a contar un cuento.
Éste era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un
rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita, un gran manto de tisú, y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan
bonita como tú.
Una tarde la princesa vió una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a
coger.
La quería para hacerla decorar un prendedor, con un verso y una perla, y una pluma y una flor.
Las
princesas primorosas se parecen mucho a ti: cortan lirios, cortan rosas, cortan astros. Son así.
Pues se fué
la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que la hacía suspirar.
Y siguió camino
arriba, por la luna y más allá; mas lo malo es que ella iba sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta de
los parques del Señor, se miraba toda envuelta en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho? Te
he buscado y no te hallé; y ¿qué tienes en el pecho, que encendido se te ve?"
La princesa no mentía. Y así,
dijo la verdad: "Fuí a cortar la estrella mía a la azul inmensidad."
Y el rey clama: "¿No te he dicho que
el azul no hay que tocar? ¡Qué locura! ¡Qué capricho! El Señor se va a enojar."
Y dice ella: "No hubo intento; yo
me fuí no sé por qué; por las olas y en el viento fuí a la estrella y la corté."
Y el papá dice enojado: "Un
castigo has de tener: vuelve al cielo, y lo robado vas ahora a devolver."
La princesa se entristece por su
dulce flor de luz, cuando entonces aparece sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: "En mis campiñas esa rosa
le ofrecí: son mis flores de las niñas que al soñar piensan en mí."
Viste el rey ropas brillantes, y luego
hace desfilar cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar.
La princesita está bella, pues ya tiene el prendedor en
que lucen, con la estrella, verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia
sutil de azahar: tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar, guarda, niña, un gentil pensamiento al que un
día te quiso contar un cuento.
SONATINA
La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca
de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo
el teclado de su clave de oro; y en un vaso olvidado se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales. Parlanchina,
la dueña dice cosas banales, y, vestido de rojo, piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente; la
princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe del
Golconsa o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la dulzura de luz? ¿O en el
rey de las Islas de las Rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, ]o en el dueño orgulloso de
las perlas de Ormuz?
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener
alas ligeras, bajo el cielo volar, ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos
de mayo, o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el
halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur. Y están tristes las flores por la
flor de la corte; los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita
princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real, el
palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme
y un dragón colosal.
¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! (La princesa está triste. La princesa está
pálida) ¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil! ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe (La princesa
está pálida. La princesa está triste) más brillante que el alba, más hermoso que abril!
¡Calla, calla, princesa
dice el hada madrina, en caballo con alas, hacia acá se encamina, en el cinto la espada y en la mano el azor, el
feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte , a encenderte los labios con su
beso de amor!
YO PERSIGO UNA FORMA
Yo persigo una forma que no encuentra
mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa; se anuncia con un beso que en mis labios se posa al abrazo
imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo; los astros me han predicho la visión de
la Diosa; y en mi alma reposa la luz como reposa el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la
palabra que huye, la iniciación melódica que de la flauta fluye y la barca del sueño que en el espacio boga;
y
bajo la ventana de mi Bella-Durmiente, el sollozo continuo del chorro de la fuente y el cuello del gran cisne blanco
que me interroga.
ITE, MISSA EST
A Reynaldo de Rafael
Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa, virgen como la nieve y honda
como la mar; su espíritu es la hostia de mi amorosa misa, y alzo al són de una dulce lira crepuscular.
Ojos
de evocadora, gesto de profetisa, en ella hay la sagrada frecuencia del altar: su risa en la sonrisa suave de Monna
Lisa; sus labios son los únicos labios para besar.
Y he de besarla un día con rojo beso ardiente; apoyada en
mi brazo como convaleciente me mirará asombrada con íntimo pavor;
la enamorada esfinge quedará estupefacta; apagaré
la llama de la vestal intacta ¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA A José Enrique Rodó
I Yo soy aquel que ayer no más decía el verso azul y la canción
profana, en cuya noche un ruiseñor había que era alondra de luz por la mañana.
El dueño fuí de mi jardín de sueño, lleno
de rosas y de cisnes vagos; el dueño de las tórtolas, el dueño de góndolas y liras en los lagos;
y muy siglo
diez y ocho y muy antiguo y muy moderno; audaz, cosmopollita; con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo, y una sed de
ilusiones infinitas.
Yo supe de dolor desde mi infancia, mi juventud... ¿fue juventud la mía? Sus rosas aún me
dejan la fragancia... una fragancia de melancolía...
Potro sin freno se lanzó mi instinto, mi juventud montó
potro sin freno; iba embriagada y con puñal al cinto; si no cayó, fué porque Dios es bueno.
En mi jardín se vió
una estatua bella; se juzgó de mármol y era carne viva; un alma joven habitaba en ella, sentimental, sensible, sensitiva.
Y
tímida, ante el mundo, de manera que encerrada en silencio no salía, sino cuando en la dulce primavera era la hora
de la melodía...
Hora de ocaso y de discreto beso; hora crepuscular y de retiro; hora de madrigal y de embeleso, de
"te adoro", de "¡ay!" y de suspiro.
Y entonces era en la dulzaina un juego de misteriosas gamas cristalinas, un
renovar de notas del Pan griego y un desgranar de músicas latinas.
Con aire tal y con ardor tan vivo, que a la
estatua nacían de repente en el muslo viril patas de chivo y dos cuernos de sátiro en la frente.
Como la Galatea
gongorina me encantó la marquesa varleniana, y así juntaba a la pasión divina una sensual hiperestesia humana;
todo
ansia, todo ardor, sensación pura y vigor natural; y sin falsía, y sin comedia y sin literatura...: Si hay un alma
sincera, ésa es la mía.
La torre de marmil tentó mi anhelo; quise encerrarme dentro de mí mismo, y tuve hambre
de espacio y sed de cielo desde las sombras de mi propio abismo.
Como la esponja que la sal satura en el jugo
del mar, fué el dulce y tierno corazón mío, henchido de amargura por el mundo, la carne y el infierno.
Mas, por
la gracia de Dios, en mi conciencia el Bien supo elegir la mejor parte; y si hubo áspera hiel en mi existencia, melificó
toda acritud el Arte.
Mi intelecto libré de pensar bajo, bañó el agua castalia el alma mía, peregrinó mi corazón
y trajo de la sagrada selva la armonía.
¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda emanación del corazón divino de
la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda fuente cuyo virtud vence al destino!
Bosque ideal que lo real complica, allí
el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela; mientras abajo el sátiro fornica, ebria de azul deslíe Filomela.
Perla
de ensueño y música amorosa en la cúpula en flor del laurel verde, Hipsipila sutil liba en la rosa, y la boca del
fauno el pezón muerde.
Allí va el dios en celo tras la hembra, y la caña de Pan se alza del lodo; la eterna vida
sus semilas siembra, y brota la armonía del gran Todo.
El alma que entra allí debe ir desnuda, temblando de deseo
y fiebre santa, sobre cardo heridor y espina aguda: así sueña, así vibra y así canta.
Vida, luz y verdad, tal
triple llama produce la interior llama infinita. El Arte puro como Cristo exclama: ¡Ego sum
lux et veritas et vita!
Y la vida es misterio, la luz ciega y la verdad inaccesible asombra; la adusta perfección
jamás se entrega, y el secreto ideal duerme en la sombra.
Por eso ser sincero es ser potente; de desnuda que
está, brilla la estrella; el agua dice el alma de la fuente en la voz de cristal que fluye de ella.
Tal fué mi
intento, hacer del alma pura mía, una estrella, una fuente sonora, con el horro de la literatura y loco de crepúsculo
y de aurora.
Del crepúsculo azul que da la pauta que los celestes éxtasis inspira, bruma y tono menor ¡toda la
flauta!, y Aurora, hija del Sol ¡toda la lira!
Pasó una piedra que lanzó una honda; pasó una flecha que aguzó
un violento. La piedra de la honda fué a la onda, y la flecha del odio fuése al viento.
La virtud está en ser
tranquilo y fuerte; con el fuego interior todo se abrasa; si triunfa del rencor y de la muerte, y hacia Belén...
¡la caravana pasa!
LOS CISNES
A Juan Ramón Jiménez
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello al paso de los
tristes y errantes soñadores? ¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello, tiránico a las aguas e impasible a
las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos te saludara antaño Publio Ovidio Nasón. Los mismos ruiseñores
cantan los mismos trinos, y en diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña. A
Garcilaso visteis, acaso, alguna vez... Soy un hijo de América, soy un nieto de España... Quevedo pudo hablaros en verso
en Aranjuez....
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas den a las frentes pálidas sus caricias más puras y
alejen vuestras blancas figuras pintorescas de nuestras mentes tristes las ideas obscuras.
Brumas septentrionales
nos llenan de tristezas, se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas, casi no hay ilusiones para nuestras cabezas, y
somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces, gerifaltes de antaño revienen
a los puños, mas no brillan las glorias de las antiguas hoces, ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni han Alfonsos ni Nuños.
Faltos
del alimento que dan las grandes cosas, ¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos? A falta de laureles son muy dulces
las rosas, y a falta de victorias busquemos los halagos.
La América Española como la España entera fija está
en el Oriente de su fatal destino; yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera con la interrogación de tu cuello
divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? ¿Ya no hay
nobles hidalgos ni bravos caballeros? ¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre
vosotros, que habéis sido los fieles en la desilusión, mientras siento una fuga de americanos potros y el estertor
postrero de un caduco león...
...Y un Cisne negro dijo: "La noche anuncia el día". Y uno blanco: "¡La aurora es
inmortal, la aurora es inmortal !" ¡Oh tierras de sol y de armonía, aun guarda la Esperanza la caja de Pandora!
LOS MOTIVOS DEL LOBO
El
varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce Francisco de Asís, está con
un rudo y torvo animal, bestia temerosa, de sangre y de robo, las fauces de furia, los ojos de mal: ¡el lobo de Gubbia,
el terrible lobo! Rabioso, ha asolado los alrededores; cruel, ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró
pastores, y son incontables sus muertos y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros fueron destrozados. Los
duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros, como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió: al
lobo buscó en su madriguera. Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme, que al verle se lanzó feroz contra
él. Francisco, con su dulce voz, alzando la mano, al lobo furioso dijo: "¡Paz, hermano lobo!" El animal contempló
al varón de tosco sayal; dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas, y dijo: "!Está bien, hermano Francisco!" "¡Cómo!
exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿La sangare que vierte tu hocico diabólico, el duelo
y espanto que esparces, el llanto de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no
han de contener tu encono infernal? ¿Vienes del infierno? ¿Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?"
Y
el gran lobo, humilde: "¡Es duro el invierno, y es horrible el hambre! En el bosque helado no hallé qué comer; y busqué
el ganado, y en veces comí ganado y pastor. ¿La sangre? Yo vi más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor al
puño; o correr tras el jabalí, el oso o el ciervo; y a más de uno vi mancharse de sangre, herir, torturar, de las
roncas trompas al sordo clamor, a los animales de Nuestro Señor. ¡Y no era por hambre, que iban a cazar!"
Francisco
responde: "En el hombre existe mala levadura. Cuando nace, viene con pecado. Es triste. Mas el alma simple de la
bestia es pura. Tú vas a tener desde hoy qué comer. Dejarás en paz rebaños y gente en este país. ¡Que Dios
melifique tu ser montaraz!"
"Esta bien, hermano Francisco de AsIs." "Ante el Señor, que toda ata y desata, en
fe de promesa tiéndeme la pata." El lobo tendió la pata al hermano de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron
a la aldea. La gente veía y lo que miraba casi no creía. Tras el religioso iba el lobo fiero, y, bajo la testa, quieto
le seguía como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza y allí predicó. Y dijo:
"He aquí una amable caza. El hermano lobo se viene conmigo; me juró no ser ya vuestro enemigo, y no repetir su ataque
sangriente. Vosotros, en cambio, daréis su alimento a la pobre bestia de Dios." "¡Así sea!", Contestó la gente toda
de la aldea. Y luego, en señal de contentamiento, movió la testa y cola el buen animal, y entró con Francisco
de Asís al convento.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo en el santo asilo. Sus bastas orejas los salmos oían y
los claros ojos se le humedecían. Aprendió mil gracias y hacía mil juegos cuando a la cocina iba con los legos. Y
cuando Francisco su oración hacía, el lobo las pobres sandalias lamía. Salía a la calle, iba por el monte, descendía
al valle, entraba a las casas y le daban algo de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se
ausentó. Y el lobo dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo, desapareció, tornó a la montaña, y recomenzaron su
aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma, entre los vecinos y entre los pastores; colmaba el
espanto en los alrededores, de nada servían el valor y el arma, pues la bestia fiera no dió treguas a su furor jamás, como
si estuviera fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo, todos los buscaron con quejas
y llanto, y con mil querellas dieron testimonio de lo que sufrían y perdían tanto por aquel infame lobo del demonio.
Francisco
de Asís se puso severo. Se fué a la montaña a buscar al falso lobo carnicero. Y junto a su cueva halló a la alimaña.
"En
nombre del Padre del sacro universo, conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!, a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al
mal? Contesta. Te escucho."
Como en sorda lucha, habló el animal, la boca espumosa y el ojo fatal:
"Hermano
Francisco, no te acerques mucho... Yo estaba tranquilo allá en el convento; al pueblo salía, y si algo me daban
estaba contento y manso comía. Mas empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, y
en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían
los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos.
Me
vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguía tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos: los
hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos. Y así, me apalearon y me echaron fuera. Y
su risa fué como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente; mas siempre
mejor que esa mala gente. Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar. Como el oso hace, como el jabalí, que
para vivir tienen que matar. Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir en mi libertad, vete a tu convento,
hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad."
El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda
mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó
su oración, que era: "Padre nuestro, que estás en los cielos..."
CANTO DE ESPERANZA
Un gran vuelo de cuervos mancha
el azul celeste. Un soplo milenario trae amagos de peste. Se asesinan los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido
el apocalíptico Anticristo? Se han sabido presagios, y prodigios se han visto y parece inminente el retorno del Cristo.
La
tierra está preñada de dolor tan profundo que el soñador, imperial meditabundo, sufre con las angustias del corazón
del mundo.
Verdugos de ideales afligieron la tierra, en un pozo de sombras la humanidad se encierra con los rudos
molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas para tender tu mano
de luz sobre las fieras y hacer brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida sobre
tanta alma loca, triste o empedernida, que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor, para hacer
la gloria de ti mismo, ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo, ven a traer amor y paz sobre el abismo.
Y
tu caballo blanco, que miró al visionario, pase. Y suene el divino clarín extraordinario. Mi corazón será brasa de tu
incensario.
LETANIAS DE NUESTRO SEÑOR DON QUIJOTE
A Navarro Ledesma.
Rey
de los hidalgos, señor de los tristes, que de fuerza alimentas y de ensueños vistes, coronado de áureo y yelmo
de ilusión; que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda
corazón.
Noble peregrino de los peregrinos, que santificaste todos los caminos con el paso augusto de tu
heroicidad, contra las certezas, contra las conciencias, y contra las leyes y contra las ciencias, contra la
mentira, contra la verdad...
Caballero errante de los caballeros, barón de varones, príncipe de fieros, par entre
los pares, maestro, ¡salud! ¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes, entre los aplausos o entre los desdenes, y
entre las coronas y los parabienes y las tonterías de la multitud!
¡Tú, para quien pocas fueron las victorias antiguas,
y para quien clásicas glorias serían apenas de ley y razón, soportas elogios, memorias, discursos, resistes certámenes,
tarjetas, concursos, y, teniendo a arfeo, tienes a orfeón!
Escucha, divino Rolando del sueño, a un enamorado
de tu Clavileño, y cuyo Pegas o relincha hacia ti; escucha los versos de estas letanías, hechas con las cosas de
todos los días y con otras que en lo misterioso vi.
¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida, con el alma
a tientas, con la fe perdida, llenos de congojas y faltos de sol; por advenedizas almas de manga ancha, que ridiculizan
el ser de la Mancha, el ser generoso y el ser español!
¡Ruega por nosotros, que necesitamos las mágicas rosas,
los sublimes ramos de laurel! Pro nobis ora, gran señor. (Tiemblan las florestas de laurel del mundo, y antes que
tu hermano vago, Segismundo, el pálido Hámlet te ofrece una flor.)
Ruega generoso, piadoso, orgulloso; ruega,
casto, puro, celeste, animoso; por nos intercede, suplica por nos, pues casi ya estamos sin savia, sin brote, sin
alma, sin vida, sin luz, sin Quijote, sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
De tantas tristezas, de dolores
tantos, de los superhombres de Nietzsche, de cantos áfonos, recetas que firma un doctor, de las epidemias de
horribles blasfemias de las Academias, ¡líbranos, señor!
De rudos malsines, falsos paladines, y espíritus
finos y blandos y ruines, del hampa que sacia su canallocracia con burlar la gloria, la vida, el honor, del puñal
con gracia, ¡líbranos, señor!
Noble peregrino de los peregrinos, que santificaste todos los caminos con
el paso augusto de tu heroicidad, contra las certezas, contra las conciencias y contra las leyes y contra las ciencias, contra
la mentira, contra la verdad...
¡Ora por nosotros, señor de los tristes, que de fuerza alientas y de sueños vistes, coronado
de áureo yelmo de ilusión; que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza
en ristre, toda corazón!
ALLA LEJOS
Buey que vi en mi niñez echando vaho un día bajo el nicaragüense
sol de encendidos oros, en la hacienda fecunda, plena de la armonía del trópico; paloma de los bosques sonoros del
viento, de las hachas, de pájaros y toros salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía.
Pesado buey, tú evocas
la dulce madrugada que llamaba a la ordeña de la vaca lechera, cuando era mi existencia toda blanca y rosada; y tú,
paloma arrulladora y montañera, significas en mi primavera pasada todo lo que hay en la divina Primavera.
LO
FATAL
A René Pérez.
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra
dura, porque ésta ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que
la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y
el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas
sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y
no saber adónde vamos, ni de dónde venimos...!
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